“Los demonios existen. Es solo que la gente de mente cerrada no puede verlos.”
Llega a nuestras pantallas la enésima cinta de terror del año. Dirigida y guionizada por un habitual del género, la producción netamente irlandesa -a excepción de su protagonista- va alternando entre la clásica historia de miedo y el thriller de tensión y suspense.
La película nos cuenta cómo un novelista exitoso llega a un pueblo irlandés a depositar las cenizas de sus padres fallecidos y de paso, hospedarse unos días para concentrarse y proseguir su último libro.
El estadounidense Adam Scott interpreta al déspota y antipático escritor que se verá envuelto en una desagradable situación sobrenatural donde nadie es lo que parece, y mientras las supersticiones locales se van haciendo realidad, los personajes que le rodean pondrán en peligro su integridad.
El filme, rodado en Irlanda y Abu Dabi, se alarga casi una hora para introducirnos en la trama, pero a partir del ecuador del largometraje, y a pesar de las cansinas apariciones sorpresivas con sus correspondientes subidas extremas de volumen, el thriller mejora, produciéndonos más miedo los vivos que los muertos.
Además de la banda sonora y las sobrias tomas en interiores, el trabajo del director de fotografía es primordial, mostrándonos justo lo que se nos quiere enseñar en ausencia de luz.
Raúl Cabral.
Puntuación personal: 6,5












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